Otra vuelta de tuerca: una lectura erótica

sábado, 4 de diciembre de 2010
Título de la obra: Otra vuelta de tuerca
Título original: The Turn of the Screw
Autor: Henry James
Año de publicación: 1898

Se está manejando la edición de R.P. Centro Editor de Cultura, 2009. Traducido por Ana Ozores.



Otra vuelta de tuerca, una lectura erótica


El lector que se interne en las páginas de Otra vuelta de tuerca será un lector privilegiado y, a la vez, comprometido. Su privilegio será la libertad de construir por sí mismo, según su propia subjetividad, una interpretación de la novela que será igual de válida que cualquier otra. Este privilegio es al mismo tiempo un compromiso de lectura.

El lector no debe esperar que las páginas le revelen los misterios de la mansión de Bly, ni la naturaleza de los fantasmas que parecen acosar a la institutriz. No debe renegar del texto afirmando que es oscuro o poco inteligible: la oscuridad y la ambigüedad se han fundido, y le han obsequiado la posibilidad de dejar de ser un simple receptor pasivo; la posibilidad de elevarse a una categoría asimilable a la del autor.

Es imposible determinar si los fantasmas de la señorita Jessel, la antigua niñera, y Peter Quint, el fallecido criado del amo de Londres, existen en el mundo real o son invenciones de la mente atormentada de la institutriz.

Sin embargo, en la novela hay una pequeña pauta que podría afirmarnos que, en efecto, los fantasmas son reales: la primera vez que la institutriz ve el fantasma de Quint en el torreón, afirma que no lo conoce y en su encuentro con la señora Grose realiza una detallado retrato físico del hombre: “Es muy pelirrojo, de pelo rizado, su rostro es pálido y de bellas facciones, y lleva un bigotillo tan rojo como su pelo. Sin embargo, las cejas son oscuras, y muy expresivas y arqueadas ( … ), tiene la boca ancha, de finos labios, y, aparte del bigotillo, va bastante bien afeitado ( … ), se nota que la ropa que lleva no es la suya” (p. 54). La señora Grose reconoce en esta descripción a Peter Quint, el criado del amo. Lo mismo ocurre con la aparición de la señorita Jessel, una bella mujer que siempre va vestida de luto. Sin embargo, la narradora destaca el parecido físico que Quint tiene con el amo de Londres; ambos son muy atractivos y en un primer momento confunde la aparición de Quint con el propio amo. Si la descripción que la institutriz le ha dado a la señora Grose tiene su origen, inconscientemente, en la pasión que le produjo el patrón, esta hipótesis se vería descalificada: el fantasma no sería más que la proyección del deseo imposible que ella, una simple institutriz, siente hacia el adinerado londinense.

A pesar de no caer nunca en lo explícito –nada en la novela lo es, valga la redundancia— la historia está, en ciertas ocasiones, cargada de mayores o menores matices sexuales: la institutriz se ha enamorado de su amo, Peter Quint y la señorita Jessel mantenían una relación íntima, y los pequeños Miles y Flora son hombre y mujer respectivamente; la señora Grose afirma que Quint era un hombre malvado (“el señor Quint era muy descarado”, p. 58) y que tenía una estrecha relación con Miles, mientras que la señorita Jessel pasaba la mayor parte del tiempo con Flora; y es sabido que Miles es expulsado de la escuela por “contar cosas indebidas”, aunque nunca se aclare la naturaleza de esas cosas.

La joven institutriz está segura de que los fantasmas desean apoderarse de los niños; de que Peter Quint, cuando se aparece junto a la ventana del salón, se encuentra buscando al pequeño Miles. Desesperada, la mujer intentará tomar las riendas del asunto y proteger a sus niños. Pero luego, la joven cree advertir que los pequeños la están engañando: ellos saben de la presencia de los fantasmas y no desean que ella lo descubra. Los niños fingen, le mienten.

Y establece con Miles un lazo muy peculiar: una relación que bien puede tomarse como un amor prohibido, una seducción mutua:


Era la dulzura en persona, y me pareció que me hallaba ante un pequeño príncipe. Tanto esplendor me hizo confiar de nuevo en él. —Verá, señorita –dijo por fin—, lo hice por usted ( … ). Quería que viera que también puedo ser malo si quiero. Nunca olvidaré la dulzura con y la alegría con la que pronunció estas palabras, ni la reverencia que me hizo después, besándome la mano.



Miles está haciendo uso de las artes de la seducción que sólo pudo haber aprendido del difunto Quint. Miles desea demostrarle a la institutriz que es un hombre de verdad. Como Quint con la señorita Jessel, Miles desea seducir a su niñera:


—Y dime, ¿en qué estabas pensando? —¿En qué iba a estar pensando si no en usted, señorita?—Eres un jovencito muy galante, pero preferiría que durmieras en vez de pensar en mí. —La verdad es que estaba pensando también en ese extraño asunto que nos traemos entre manos usted y yo. (Pp. 116, 117).


Y la mujer, al igual que la señorita Jessel, se enamora de su precoz cortejador: “Pero yo tenía que estar siempre en guardia para no dejarme arrastrar por sus dulces ojos o su sonrisa, y así poder averiguar los motivos de su expulsión” (p. 122). De la misma manera, en la página 126 leemos:


Guardamos silencio mientras la criada estaba en el salón, y a mí se me ocurrió que éramos como una pareja de recién casados, tímidos ante la presencia de la camarera de alguna posada. ( … ) Miles se dio vuelta y dijo: —Al fin solos…


La extraña relación amorosa entre Miles y la mujer podría descifrarse a partir de las confusas conversaciones que mantienen. “El asunto que se traen entre manos” puede ser tanto el romance como el hecho de buscar un nuevo colegio.


-¿No te acuerdas que aquella noche de la tormenta, cuando me senté en tu cama a hablar contigo, te dije que haría cualquier cosa por ti? Se estaba poniendo cada vez más nervioso, y él también trataba de disimular su preocupación. ( …) -Aunque me parece más bien que quería usted que le hiciese yo algún favor, señorita. -Sí –asentí-. ( …) Aunque bien sabes que te negaste. -Ah, sí –dijo con fingida alegría-. Quería usted que le contase algo. ( …) ¿Quiere usted que sea aquí y ahora?


Ni Flora, ni Miles, ni la señora Grose afirman jamás haber visto los fantasmas. La primera reacciona como lo haría cualquier niño de cinco años: cuando la institutriz la acusa de mentirle, se larga a llorar y cae enferma. La señora Grose, mujer analfabeta, cree lo que la niñera dice, pero le niega a Flora la existencia de los fantasmas para tranquilizarla. Durante la aparición de la señorita Jessel junto al lago, ni la niña ni el ama de llaves logran verla.

Peter Quint, al igual que la señorita Jessel, hace su aparición en presencia de Miles, el niño de su propio sexo. En esta escena final, Miles también niega verlo:


—Peter Quint, maldita, ¿dónde está? –exclamó angustiado, retorciéndose de desesperación. —¿Y qué importa ahora, si eres mío? Ya no tiene importancia, pues él te ha perdido para siempre –añadí, dirigiéndome al monstruo (p. 157).


El pequeño Miles muere en brazos de la institutriz y Quint logra su cometido: el niño está muerto y le pertenece para siempre.

Otra lectura, quizás más atrevida, se aferraría a la relación amorosa que se forja entre el niño y la joven, y tomaría a Peter Quint como el ente salvador que rescata al pequeño de las garras de la amenazante seducción femenina. Sabemos que Quint está muerto, pero desconocemos las circunstancias. Sabemos que la señorita Jessel también ha muerto, pero tampoco tenemos certeza alguna acerca de lo que le ha sucedido. Una lectura que se bifurcaría de esta última, transformaría a Quint en un fantasma vengativo: castiga con la muerte a Miles, que ha caído en la trampa de la mujer que lo ha seducido, tal como la señorita Jessel hizo con él mismo.

Resultaría vano intentar que todas las piezas de este gran rompecabezas se ajusten a la perfección en una única interpretación. Los elementos se diluyen, se escapan, se bifurcan, y crean múltiples historias. En la interpretación que se ha expuesto hemos tomado a los fantasmas de la mansión de Bly como entes reales. Peter Quint es un ser malvado y depravado, tal como lo fue en vida: tanto la señora Grose como Miles le temen. La aparición de la señorita Jessel parece ser menos peligrosa. Quizás, ahora que ha muerto, sólo se hace presente para advertir a la institutriz del peligro que le significa Peter Quint. Éste sólo se presenta ante la niñera, una mujer culta y de gran determinación, que, como todo ser humano, le teme a lo desconocido.



Acerca del autor




Henry James (Nueva York, 15 de abril de 1843 – Londres, 28 de febrero de 1916), escritor y crítico literario estadounidense (aunque pasó mucho tiempo en Europa y se naturalizó británico casi al final de su vida) de finales del siglo XIX y principios del XX, conocido por sus novelas y relatos basados en la conciencia. Fue hijo de Henry James Sr. y hermano menor del filósofo y psicólogo William James.

Como escritor se considera a James como una de las grandes figuras de la literatura transatlántica. Sus obras están basadas frecuentemente en la yuxtaposición de personajes del Viejo Mundo, artístico, corruptor y seductor y el Nuevo Mundo, donde la gente es a menudo insolente, abierta y firme, si bien sus matices y variaciones son múltiples. En sus obras prefiere el drama interno y psicológico, y es un tema habitual suyo la alienación. Sus primeros trabajos son considerados realistas, pero de hecho durante su larga carrera literaria mantuvo un gran interés en una variedad de movimientos artísticos. Fue llevado al cine por Wyler y por Clayton. A finales del siglo XX hubo versión cinematográfica de varias novelas de James lo que favoreció el resurgimiento del interés en sus trabajos.


Fuente: Wikipedia



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